Raúl corría sistemáticamente al lado de sus amigos y parientes de guerra, la noche estrellada con visos violetas de un sol en ocaso se confundía con el humo ocre de los explosivos que cegaban momentáneamente el pequeño grupo.
El trote se hacía sigiloso y sin hablar. El lenguaje de signos era prioritario, los gestos y rictus eran una forma casi innata de expresión de cuerpo y cohesión.
Raúl cargaba municiones ligeras y un viejo fusil ruso de reserva de la segunda guerra un “mosin nagant” calibre 7,62, largo y pesado pero de gran precisión.
Sus compañeros, selectos tiradores eran restos de una unidad de selección del ejército iraquí ahora ya diezmado. Llevaban 10 meses hostigando sin cesar a fuerzas estadounidenses y sus resultados eran devastadores. Prueba de ello era que ahora corrían raudos en ordenada huída, pues el ejército invasor había decidido terminar de una buena vez con el terror que provoca un francotirador.
Raúl a sus 10 años vio con pánico que sus compañeros se dividieron en grupos de dos y desaparecieron en la oscuridad.
Afortunadamente para él, su binomio o compañero de lucha era el considerado el mejor tirador del oriente medio.
Miqueas se permitió susurrarle al oído ….
- Raúl, … ten fe y calma, los helicópteros apenas pueden vernos agazapados aquí.
- ¿Pero?, respondió el niño … ¡dicen que los pilotos pueden ver el calor a través de sus casco, ¡nos van a acribillar!
Míqueas lo miró con decisión y dijo – Primero nos iremos a la ribera del río Tigris y segundo abatiré su cámara termal de un disparo, luego de eso nos separamos por el mismo río, tu hacia Bagdad y yo los atraeré hacia el desierto pues el fogonazo del tiro nos delatará.
Raúl abrió unos inmensos ojos y comenzó a tomarle el peso a la aventura que el quiso embarcarse pese a la oposición de su familia. Su labio trémulo se agitó y dijo casi imperceptiblemente … ¿y si me atrapan, disparo o suelto el fusil?
Míqueas le agregó, … desde que los U.S.A. tienen un periodista agregado a sus misiones no se atreverán a matar un niño, así que ¡suelta el condenado fusil y tiéndete en forma de cruz!, le dijo enérgicamente …. pues así te verá el periodista con brazos y pies desarmados, sin armas – concluyó.
Raúl asintió con una pequeña inclinación y comenzó a trotar junto a su inesperado instructor.
Se deslizaron raudos por la ribera sintiendo en sus espaldas el revolotear de las aspas de los helicópteros cobra. Las dos figuras se confundieron con grandes malezas surtidas por aguas milenarias de esa histórica región, que cual jardines colgantes de la antigua Babilonia salpicaban la ribera fluvial.
El fogonazo del fusil de Míqueas iluminó parte del borde lacustre. Como había predicho, el tiro impactó en la cámara termal del casco del tirados del helicóptero, un rápido segundo disparo golpeó en el hombro del soldado arrojándolo de espaldas al interior de la nave. Acto seguido, un estruendo gigantesco acompañó el sisear de las aspas de la misma. Una cascada de balas roció la ribera y el río.
Míqueas se hundió en el agua pegado al borde avanzando lentamente al desierto, sintiendo el impacto de la munición de la ametralladora del helicóptero a centímetros suyos.
Raúl por su parte, corría agachado entre los arbustos con el fusil amartillado y listo para disparar.
¡ No me van a atrapar! – pensó – haciendo caso omiso a la sugerencia de Míqueas.
El jadeo de su respiración, se veía acompañado por las exclamaciones casi en sordina, del dolor que le provocaban espinos afilados como agujas que poblaban parte del río. Divisó las luces de Bagdad detrás de un montículo arenoso y apresuró su paso con el ímpetu propio de los 10 años olvidando toda precaución.
De un salto traspuso la duna. El acto de enterrar el pie en la arena y arrojarse de bruces fue instantáneo, pues a boca de jarro se encontró con un vehículo blindado y un grupo de marines.
Con la mejilla adherida a la superficie de la colina esperó con la esperanza de que no hubiera sido percibido. Con horror comprobó entonces que su fusil estaba incrustado en la cumbre cual mástil de bandera, señalando su posición.
Una granizada de balas comenzó a repiquetear su entorno acercándose peligrosamente. Inteligentemente y con el corazón en la boca rodó sobre si mismo volviendo al río. Comenzó a correr desenfrenadamente internándose nuevamente en la maraña de espinos y malezas.
Su carrera se congeló al ver que un helicóptero le cerraba el paso y avanzaba hacia él.
Siguió corriendo metiéndose en la maleza ahora ya con balas mordiendo su derredor. Sintió algo caliente en sus entrepiernas viendo con rubor creciente que se había orinado.
- ¡Alá! ¡Ayúdame por favor!, se dijo mentalmente. Con el terror hiriendo su alma se introdujo frenéticamente en algo que parecía ser una nube de mosquitos.
Con pavor comprobó que su cuerpo se tornaba muy liviano, sus pasos eran vacíos pues no podía tocar el terreno. La nube de mosquitos en forma de bastoncillos comenzó a moverse en forma extremadamente rápida, sus aleteos eran un millón de veces más rápidos que el de un colibrí. El cuerpo de Raúl comenzó a desaparecer paulatinamente confundiéndose con los matorrales.
Raúl vio con asombro que los soldados americanos pasaban a través de él sin sentirlo.
-¡Mi Señor! – exclamó ¿Qué es esto?, ¿estoy muerto?, se preguntó.
El tropel de soldados comenzó a alejarse sin percibirlo siquiera, una nube de polvo mostró su derrotero hacia el desierto.
Los bastoncillos alados bajaron la velocidad de su aleteo y vibración aquietándose el entorno.
Raúl sintió el blando piso de la ribera y cayó sentado estupefacto con los ojos llorosos.
Reptando como un gusano se acercó Míqueas quien lo miró profundamente escrutando todo su cuerpo.
- ¡Dios Santo! – exclamó - ¡lo vi todo!, ¡esto es magia!, repetía tocando insistentemente el cuerpo de Raúl.
- Raúl lo miró atontadamente y dijo ¿qué me pasó?, ¡por favor dímelo!, le dijo.
- Míqueas sin saber que responder, decía ¡Es un milagro!, ¡yo lo vi!, ¡es algo mágico! – agregaba.- ¡No es un milagro!, ¡es Ciencia! – replicó una voz proveniente de una figura indefinida del fondo de un matorral.
Raúl y Míqueas se alarmaron, tomando este último el fusil listo para disparar.
- ¿Me vas a dispara o quieres saber? – respondió la figura en forma perentoria.
- Míqueas, ya con su nivel de asombro saturado lo miró bajando el fusil y dijo, ¿Pero?, ¿tú sabes que pasó? y de paso ¿quién eres tú?
- Eso no importa, digamos que soy un científico viajero, o mejor dicho un Botánico estelar.
- ¿No eres de este mundo? – preguntó Raúl.
- Depende, si consideras a esta realidad un mundo o a los 22 universos paralelos que existen. – respondió la figura.
- Los dos asombrado iraquíes se miraban y respondieron casi al unísono – no entendemos.
- ¡No importa!, dijo el botánico, creo que mejor les explico lo que pasó aquí… lo otro en algún momento de sus vidas lo entenderán.
- El muchacho se topó con un enjambre de “RODS”, o “bastoncillos” pertenecientes al reino animal, pero cercanos al mundo de los insectos que tienen la facultad de cambiar de vibración.
- Son capaces de desarrollar una tremenda velocidad de traslación, no como los jets, sino velocidad de vibración, como el batir las alas de un colibrí.
- Esta velocidad es tan, pero tan enorme que pueden cuando creen que cuando algo amenaza su existencia, elevarse al plano vibratoria 2, es decir, el siguiente plano físico, e incluso debido a su sutileza abrir una puerta ínter dimensional y pasar a universos paralelos.
- Son seres absolutamente independientes, y no se meten con los habitantes de este mundo. Cargando sus células de energía solar a través de la fotosíntesis. No tienen aparato digestivo y no tienen conciencia evolutiva, por lo tanto no evolucionan.
- Vuestra Ciencia no tiene la más remotísima idea de su existencia.
- ¿Alguna duda más? – concluyó la figura.
- Raúl y Míqueas se miraron y balbucearon tímidamente… está muy claro, si clarísimo – completó Míqueas, con una cara de asombro y avidez de conocimiento inmensos.
- ¡Bueno!, ¡en fin!, ahora los dejo – dijo la figura… espero les haya servido este evento y no maten a nadie más.Súbitamente los contornos del Botánico comenzaron a desaparecer junto con los “RODS”, dejando al binomio humano en la más absoluta perplejidad.
Míqueas y Raúl comenzaron a caminar en pos de la ciudad, casi arrastrando los pies. Sus rostros denotaban la sapiencia al que se le devela el universo y abre una puerta enorme.
Tras ellos quedaban un fusil enterrado en una duna y otro sumergido en el fondo de un plateado río Tigris.
PABLO TELLO ROSALES
Abril, del 2006.