Sub urbe

 

Los pequeños tejos del cementerio

tiemblan al viento hiemal

en la luz helada.

 

Con sordos ruidos que lastiman,

las cruces de madera de las tumbas recientes

vibran con tono anormal.

 

Silenciosos como los ríos,

pero llenos de lloros como los de las olas,

los de los hijos, los de las madres y los de las viudas,

 

por los senderos del triste recinto

van fluyendo –lenta teoría–,

al ritmo entrecortado de los sollozos.

 

El suelo bajo los pies resbala y grita;

allá arriba, grandes nubes torcidas

se desmelenan con furia.

 

Penetrantes como el remordimiento

cae un frío pesado que desalienta

y que debe filtrarse en los muertos,

 

en los pobres muertos, a toda hora

y sin cesar ateridos.

¡Que se les olvide o que se les llore!

 

¡Ah, viene rápida la primavera,

con su claro sol que acaricia

y con sus dulces pájaros gorjeadores!

 

¡Vuelve a florecer la encantadora

gloria de los jardines y de los campos

que el áspero invierno tiñó de angustia!

 

Y –de los amaneceres de los ocasos–,

el oro dilatado de un cielo sin límites,

acuna los perfumes y los cantos

de vuestros tristes sueños, ¡Queridos durmientes!

 

Poemas