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Martes, 2. Septiembre 2014 07:46
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Nombre Cuentos
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Rossana  
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Martes, 31. Octubre 2006 14:00 Host: pc-106-64-120-200.cm.vtr.net Escribir un comentario Enviar E-mail

Un relincho bajo mí ventana


Lucía había dejado de soñar, hacía más de 10 años que absolutamente todo, le daba lo mismo.

Algunos días pasaba largas horas sentada, sobre aquel sillón que había utilizado su padre, hasta el último de sus días.

Hablaba entonces con él, recordando los hermosos momentos de su infancia. Era tan cómodo sentirse protegida nuevamente.

Cuantos recuerdos y consejos, el siempre la aconsejaba. Cómo olvidar aquella vez que le dijo “Lucia hija mía, El que no sabe aullar no encontrará su manada”.

Arriba el ánimo hija mía ¡ven aquí , dame un abrazo.

¡Oh, Padre ¡ no me dejes, regresa por favor, no puedes dejarme aquí.

Y allí estaba nuevamente, sintiendo cómo su alma se desprendía de su cuerpo. Incapaz de sobreponerse a tanto dolor.

Abrazándose a diario a aquel sillón; sus ojos habían perdido aquel brillo, eran incapaces de expresar algo más que angustia.

Sabía que debía comenzar a vivir nuevamente, reconocerse, aprender y aceptar que todo tiene un principio y un fin. Debería reencontrarse con la capacidad de distinguir entre el pasado y el presente, luego percibir el futuro. Debería encontrar la forma de salir adelante. Era parte de un doloroso proceso.

Sentía que su alma no estaba preparada, para recibir tanto dolor.

Muchas veces aún soñándose en los brazos, de aquel padre bondadoso. Creía verlo y cuando comenzaba a esfumarse; gritaba desesperada: No ¡por favor! No te vayas, regresa acá ¡por favor! No me dejes otra vez.

Comenzaba la primavera, le pareció escuchar el sonido del violín de su padre, allí mismo afuera de la ventana de su cuarto, que daba al jardín.

Se asomó para ver de qué ¿se trataba. Allí mismo frente a ella un hermoso caballo color canela; la miró a su vez y dio un relincho, cómo invitándola.

Corrió a través del cuarto, no podía esperar más tiempo y se vistió, con lo primero que encontró a mano.

Era una mujer hermosa, un tanto desgreñada, pero distinta a todas las demás que él conocía. Observó a la distancia, cómo suavemente acariciaba el cuello de su caballo.

Resolvió esperar un poco más, se imaginó a aquella mujer a su lado; cerró los ojos y suspiró, hacía mucho tiempo que no sentía así. Comenzó a caminar hacia aquella hermosa visión que conformaban su caballo y la mujer. Quería ver su rostro de cerca.

Buenos días! Saludó. Unos hermosos ojos verdes con un brillo diferente, le respondieron el saludo, mirándolo de arriba abajo.

La música de aquel violín de su padre se oía cada vez más fuerte. El tomó sus manos, ella recuperó la paz, comenzaba a vivir su presente; que había llegado junto a su ventana, al comienzo de una primavera.

Rossana Arellano
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marcela vidal melo  
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Viernes, 27. Octubre 2006 18:26 IP: 201.236.46.36 Escribir un comentario Enviar E-mail

Carta Joven

“Hola sueño, espero que la recibir esta carta, te encuentres bien de salud, paso a contar lo siguiente”…
Me gustaban esas cartas antiguas en las que con puño, papel y lápiz, uno plasmaba lo que sentía, pero bueno la tecnología no es en vano y no por eso,
La haré más fría.
Esta será una carta joven, donde te cuento que anoche fue muy hermoso escuchar tu voz, me ayudó, me hizo colocar nuevamente en su sitio lo que debo hacer, no sé si es lo correcto, pero es lo que ahora quiero hacer.
No sé hasta dónde llegue todo esto, no sé por qué llegas a mi vida cuando ella entera está toda revuelta, toda compungida, no sé que viste en mí, no sé si sólo seré una ilusión que te ayuda a estar mejor, o que te sirve para creer otra vez en el amor.
Bueno si ayudará en eso, sería para ganar.
El día en que decidí, estar sola, lo había muy bien planeado, me dije “Seré como antes, pásalo bien, no te compliques, no te entregues a nadie, y verás que así nunca sufres”.
Pero cómo ser así, si mi esencia de mujer profunda nunca me deja, hubo un tiempo en que lo fui, pero jamás eso me hizo menos o más feliz, simplemente pasé los días, viví las noches y nada me quedo, solo un vacío atroz.
Tú eres un ser humano muy especial…¿Lo sabías?, seguro que si, pero la diferencia la hacemos quienes lo recalcamos.
Por qué apareces de la nada, el peor de mis días.
Por qué llamas cuando más necesito escuchar tu voz, o la voz de alguien que me abrace, que me de calor, que me diga ¿dónde estás?.
Por qué me escribes cosas maravillosas, cosas tan similares a las que yo he buscado.
Por qué dices te he extrañado y mi interés ahora está en otro lado.
Por qué te vas hoy, y pareciera ser, como si nunca te fuiste y es la
primera vez que sola me dejas.
Por qué tanto sentimiento junto, si nunca te he visto, si nunca entre mis brazos te he envuelto.
Por qué desde la primera vez que te sentí, me pregunto, Cómo…
Cómo serán tus manos.
Cómo será tu cuerpo.
Cómo será tu olor.
Cómo será tu sonrisa.
Cómo será estar sobre tu pecho.
Cómo será sentir el calor de tus labios.
Cómo será caminar junto a ti.
Cómo será estar horas de horas entregada a tu compañía.
Cómo será, realmente, nuestra primera despedida.
Por qué me asusta tanto.
¿A cuántas personas conozco, con cuántas cada día hablo? y no me pregunto nada, y no me duele la despedida o la llegada.

¿Cuántos Por qué, cuántos cómo?...
Cuando tenga todas las respuestas, seré feliz o me volveré más desgraciada.
Cómo saberlo, si no hay respuestas sólo preguntas.

Trayenko

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Jorge Carrasco  
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Lunes, 23. Octubre 2006 13:11 IP: 209.13.135.68 Escribir un comentario Enviar E-mail

ÚLTIMO RECURSO


Una tarde de septiembre, en el living del presidente, tres hombres y dos damas conversaban.
_ En mi opinión – explicó el presidente – Eva Braun se merece la misma repugnancia que Hitler. La culpa hay que dividirla por dos: no hay perdón para ninguno.
El general bajó aprensivamente las cejas.
_ Es injusto – dijo -. La mujer, aunque confidente y consejera, no tiene por qué soportar las consecuencias de las decisiones del marido.
Negando con la cabeza, el presidente agregó:
_ Claro que sí. Y al revés también es necesario aplicar la idea. El proceder de la mujer es también el proceder de su hombre. Por eso Popea es obra de Nerón, y Nerón, de Popea.
El tercer hombre, un secretario del presidente, escuchaba con atención. Antes de que los hombres se despidieran, intervino:
_ En tal caso, el hombre que abusa del poder ama más al poder que a su esposa. Y aquel que respeta las leyes ama más a su esposa que al poder.
Fue entonces que, mientras despedía a la mujer del general, habló la mujer del presidente.
_ Puede suceder también, señores, que la mujer de la autoridad ame más su honor que al poder y que a su marido. No se olviden de ese detalle.
Pensativo, el general se incorporó, se alisó el uniforme y se despidió del presidente de la república.
El golpe de Estado, planeado para el amanecer siguiente, cuyo cabecilla era el general, ganó su fin en la frustración.
Unos, los más soñadores, dicen que el general amaba más a su mujer que al poder. Pero otros, los más pícaros, afirman que el general temía más a su mujer que a la contrarrevolución.


Jorge Carrasco
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Antonio Macías Luna  
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Viernes, 20. Octubre 2006 07:42 Host: pc-4-141-47-190.cm.vtr.net Escribir un comentario Enviar E-mail

EN ESPERA DE UN VUELO



Mediodía. Murmullos soporíferos en una de las terminales del aeropuerto de Frankfurt. Con regularidad monótona, una voz femenina anunciaba en alemán, inglés y en idiomas orientales las salidas para innumerables destinos. Me quedaban aún tres horas para abordar mi vuelo, un airbus que me debería transportar hasta Hong Kong, donde me esperaba una entrevista con el dr. Chung Chang, un colega chino de las letras, pues yo sentía un gran interés por la “lioteratura” de ese lejano país.
Mataba el rato observando el constante y fluido movimiento de gente y pasajeros; una minoría de semblantes preocupados corría con pasaportes y tarjetas en las manos, buscando una determinada puerta de embarque en algún lugar, mientras la mayoría, como yo, se acomodaba en los sillones de espera o paseaba, deteniéndose y husmeando en las vitrinas de artículos libres de aranceles, para turistas.
De pronto, destacó algo que me llamó la atención: Un color estridente lucía sobre un hombre solitario; su chamarra anaranjada, de un amarillo mostaza, prenda que, por sus características, más bien parecía idónea para anunciar una marca de hamburguesas. Sentado con las piernas cruzadas y sin levantar ni una sola vez la mirada, el tipo escribía sin cesar en un bloq de reducidas dimensiones.
Al parecer vertía afuera su interior, describiendo el entorno de su imaginación. Lo supuse así porque manejaba, con extraordinaria soltura, un bolígrafo pequeño.
En todos los años que llevo escribiendo jamás he sido capaz de desenvolverme sobre el papel con la resuelta pericia de aquel tipo, sentado en una silla blanca de plástico, de patas anchas y frágiles, pieza inusual en un aeropuerto tan moderno como el de Frankfurt; digo inusual porque parecía un objeto digno de figurar en plena calle, a las puertas de un establecimiento de bebidas, durante una noche calurosa de verano.
Ajena al flujo de rasgos orientales que pasaban de prisa, mi mente permanecía concentrada, en el bulto inmóvil de color anaranjado por arriba y azul marino por abajo, pues su pantalón no se quedaba atrás por el violento contraste que formaba con la chamarra. Mis ojos seguían cada ágil garabato, cada movimiento, por imperceptible que fuese, de la mano derecha del escritor; para mí ya no había duda de aquel desconocido pertenecía a mi gremio y, además, poseía una imaginación torrencial. Era infatigable, no descansaba, como un caballo espoleado por su jinete para llegar en seguida a destino. “¿Y si es un dibujante?”, me pregunté, pues hasta entonces no se me había ocurrido tal posibilidad, la cual no podía ser descartada debido a la temblorosa trayectoria del útil de escritura. “¿No tendrá reposo ese corazón?”, me inquirí de nuevo. “¿Por qué no toma aliento su furia creadora? Y con qué vehemencia araña esas estrechas hojillas con sus trazos”. No. Aquello era más que fuerza, era brío cautivador, como si Dios guiara la mano inquieta y audaz del artista.
Me sentí inútil como un saco vacío y roto, como una bacteria, empequeñecido en el mundo intrincado y morboso de las Letras. No pude más. Me levanté, herido por la curiosidad, y caminé despacio, en silencio, hacia el improvisado “autoamanuense”. Cuando llegué a su altura, a menos de un metro de distancia, forcé la visión para atisbar al menos algo de la obra maestra que estaría hilvanando, pero no alcancé a ver nada en concreto.
Tenía que asegurarme. Tenía qué saber qué misterio envolvía la mano que me traía de cabeza. Tras haber llegado a los aledaños de un cybernetic para no ser visto antes de tiempo, me di la vuelta para deshacer el camino y pasar de nuevo junto a aquel monstruo del Arte, a quien ya no dudaba en dirigirme y presentarme para hacerle partícipe de mi indiscreta admiración por su tarea.
Cuando me encontraba a dos pasos de él, levantó los ojos; en ellos encontré indiferencia, extravío y una frialdad gris. Guardé silencio. Me contuve a tiempo.
Aquel hombre, al que yo había considerado manifestación extraordinaria de las Musas, estaba plasmando, frenéticamente, nada más y menos que su propia firma, una detrás de otra, sobre un talonario de cheques en blanco.
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Antonio Macías Luna  
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Viernes, 20. Octubre 2006 07:32 Host: pc-4-141-47-190.cm.vtr.net Escribir un comentario Enviar E-mail

DOMINGO SANGRIENTO



Ocurrió un domingo, uno cualquiera para otro ser humano, pero no para mí. Aquel fin de semana, le había dado permiso a toda la servidumbre y me hallaba solo en casa. No me extrañó, por lo tanto, percibir un rumor de gente ante la escalinata de la puerta.
Me estaba afeitando, con pantuflas y en pijama, cuando noté en el rostro un dolor cortante, inesperado, que me hizo retroceder impulsivamente la cabeza. Me acerqué a la superficie del espejo y escruté la inexistente realidad de su interior, que me devolvió una réplica exacta de mis facciones con la salvedad de que, a la izquierda de mi boca, sangraba una abertura pequeña. Fluía sangre roja, oscura, recién nacida. Siempre he sentido aversión por esta mprescindible savia, líquido que a ningún animal vivo molesta. A pesar de que traté la heridalo mejor que pude, siempre quedaba un rastro fino, una huella imborrable. Yo la absorbía con algodón hasta el cansancio, pero la hemorragia era pertinaz y rebelde.
Abandoné el cuarto de baño y descendí por las amplias escaleras de mi palacete, justo alojamiento para una persona de mi linaje de marqués. Llegué al primer piso, acuciado por la irrefrenable curiosidad de averiguar la causa del gentío. Miré a través de la cortina de una de las ventanas. No vi nada ni a nadie, sólo escuchaba el anterior murmullo, que no había cesado. Sin duda, era una marcha pacífica. Deshice el camino cruzando el vestíbulo circular delineado por columnas dóricas, y ascendí al segundo piso.
Ya en el dormitorio, me puse uno de mis trajes marrones para ir a misa. Eran las diez y cuarenta y cinco minutos; faltaba escasamente un cuarto de hora para que don Eusebio, el párroco, comenzara, con voz recia, a declamar las rutinarias preces de cada domingo y fiesta de guardar. Tenía que apresurarme. Llegué a la iglesia cuando los fieles comenzaban a corear el “Santo, Santo...”. Menos mal; de pequeño me habían enseñado que la misa no es válida si uno llega después de esta parte solemne del acto litúrgico. Había mucha gente, y todos los asientos estaban ocupados. Me situé en la zona media del templo; no me gustaba colocarme junto al presbiterio porque me molestaban los vibrantes espejuelos de la casulla del sacerdote. Mi lugar elegido, normalmente, era en los bancos del centro, donde creaban un babel ininteligible los susurros de los asistentes y la voz del cura en los altoparlantes. Crucé los brazos y me sujeté el mentón con la mano derecha. Noté un rastro rojo en la piel del dedo índice. Transcurrieron unos minutos, en un silencio de ultratumba, hasta que oí los tres toques de campanilla del acólito. El que oficiaba la misa había elevado la hostia lentamente y la estaba bajando de igual manera. Instantes después, con el cáliz en la mano derecha pronunció la secular frase de: “Tomad y bebed. Esta es mi sangre, sangre...” De repente, noté que algo se me subía a la cabeza como si hubiese bebido, de un solo tirón, un litro de tinto a la vez que un súbito acaloramiento azotaba mi cara.
Miré hacia atrás. Un hombre joven tenía la barba empapada en sangre; una mujer a su lado sangraba por los ojos cuando los dirigió hacia mí. Descubrí el encarnado elemento en todos los rostros detrás de la pareja. Apareció, como de la nada, una suave neblina, adquiriendo un tinte rojizo. A través de la fina gasa flotante discerní hilillos carmesíes que, como las púas de un largo peine, se deslizaban hacia abajo por las paredes del templo, iluminado por la débil luz de las vidrieras con la intensidad justa para que mis alarmados ojos aceptasen lo que rehusaban ver. Salí corriendo de forma atropellada, alocadamente, sin volver la cara. En mi huida, un pie ajeno fue víctima de la apisonadora del mío. Recorrí el camino de regreso hasta la mansión, despavorido, y abrí la puerta con dos giros rápidos de la llave. Entré y me apoyé jadeando unos segundos, de espaldas sobre las dos hojas cerradas. Fui a la cocina a beber agua del grifo. El vaso se llenó de un líquido que se volvió rojo una vez que se hubo colmado hasta el borde. ¿Qué diantre estaba sucediendo? Para apaciguar los nervios, me quité la chaqueta y ocupé la silla ante mi mesa plagada de libros y papeles, donde deposité las llaves de la casa y mi paquete de cigarrillos. Me colgué uno sin encender en los labios, y esbocé una historia. La tinta trazaba, para sorpresa mía, con signos rojos en el papel blanco, un argumento basado en un hombre que redacta su última voluntad. El torrente escrito se detuvo en el instante en que debía dilucidar el reparto de bienes. Con el cerebro agobiado, encendí el cigarrillo y contemplé mi reflejo opaco en la pantalla apagada del computador mientras trataba de aclarar la mente. Mi ánimo se consumía entre llamas rojizas, pero la placidez tendida de las teclas me hizo ver, no obstante, que debía recuperar la calma y el sentido común después de las extrañas y virulentas escenas que había presenciado en la iglesia, producto de mi alucinante fantasía de escritor.
Una sensación de angustioso aislamiento se iba apoderando del entorno, de mi palacio, cuya atmósfera se tornaba densa y pesada. Al otro lado del portal, en el mundo exterior, se reprodujeron los rumores de voces como los que oí antes de ir a misa. Me quedé pensativo, aplastando la punta del cigarrillo en el cenicero. El reloj me indicó que eran las once menos cuarto de la mañana. “¿Las once menos cuarto, o sea, las diez y cuarenta y cinco minutos?”, pensé confundido. “¿De qué día? Debía ser domingo, pues había estado en misa; pero a esa hora, precisamente, a esa hora... yo había salido para la iglesia”. Una llamada de atención interna, una especie de premonición, me condujo al baño. Quería verificar el estado de mi herida en el espejo. La imagen de mi propio semblante me causó terror al verla impregnada de un color cianótico, exento de tonos rosados, una mirada ficticia, sin brillo, perseveraba en avivarse, en no decaer frente a la mía; no obstante, se apagaba cada vez más y más. Mis enjutas facciones mostraban el vestigio ennegrecido de una cicatriz junto a los labios. De pronto, en la lejanía de mi espíritu sonó la insistente estridencia del timbre del portal. Bajé con rapidez hasta el vestíbulo, rodeado por estáticos y redondos pilares, que me parecieron amenazadores. Abrí. Al borde de la acera se hallaba estacionado un coche fúnebre con el portalón trasero levantado. Sobre el rellano de la escalinata, me apuntaba, angostamente, el hueco de seda roja de un ataúd abierto; una hermosura de ébano con agarraderas de oro me invitaba a cohabitar con ella en su interior. En la acera de en frente, una fila de rostros conocidos parecían mirarme, pero sus ojos estaban ausentes, ciegos. Me sorprendieron unos chasquidos. Detrás de mí se acababa de cerrar la puerta de mi residencia con dos vueltas precisas de la llave, aunque ésta se encontraba en mi mesa de trabajo.
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Antonio Macías Luna  
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Viernes, 20. Octubre 2006 07:19 Host: pc-4-141-47-190.cm.vtr.net Escribir un comentario Enviar E-mail

EL ARO



Mi padre había sido un avezado labriego, de aquellos que saben exprimir cada grano de tierra, en un huerto de medianas dimensiones para alimentar a una familia reducida: su esposa y yo, un bebé de apenas seis meses. Un hombre paradójicamente culto que había llegado a plasmar por escrito muchos de sus pensamientos religiosos y que había visto truncada su carrera de sacerdote por una cruenta e inesperada revolución que arrasó gran parte del país. En aquella época acechaban los imprevistos de la guerra, y su vida tomó un rumbo inesperado; se enamoró de la mujer que llegaría a ser mi madre y se unieron en matrimonio. Recién comenzada la lucha, el autor de mis días resultó muerto por los disparos de unos guerrilleros en desbandada, que, en su huida hacia la frontera, se habían adentrado en nuestra propiedad.
Mi papá fue un héroe anónimo, sin medallas, un mártir que cayó defendiendo nuestra hacienda sin pegar un solo tiro. Su única “acción bélica” fue intentar un diálogo con los intrusos fugitivos, llevando la palabra concordia en la boca además de una cruz y un Evangelio en las manos. Aquellos desalmados, arrepentidos de su cobarde actitud, optaron por dejarnos vivos a mi madre y a mí. Con toda razón me dijo ella una vez que mi padre había blandido siempre dos herramientas de lucha: “el azadón y la Biblia”.
Mi madre y yo nos ausentamos de la zona en conflicto y acudimos a casa de unos parientes en la capital hasta que la paz renació cinco años después, coincidiendo con el brote de unas amapolas rojas en mi campo; unas flores de textura suave que yo nunca había visto y que se cimbreaban con el viento. Ocurrió la misma mañana que habíamos vuelto a casa. Pasaban camionetas con civiles e insignias multicolores lanzando vítores por el feliz acontecimiento.
Ha pasado el tiempo, pero aún puedo relatar con clarividencia los hechos que perpetuaron las columnas enhiestas de mi carácter. Hoy, en la madurez, quedan imágenes fragmentadas de una historia que avala la cimentación espiritual de quien fue el amo de mi casa.


* * *


A la edad de ocho, yo ayudaba a mi madre, una mujer avejentada por canales de arrugas que la cuchilla de los años había abierto en su rostro y manos. Cuando el trabajo me lo permitía, sacaba a rodar un viejo aro de hierro, una especie de llanta de rueda delgada que había pertenecido a mi difunto progenitor.
Mientras desayunaba temprano, a la misma hora que lo hacía mi mamá antes de partir juntos para la huerta, me levantaba de la mesa y salía corriendo hacia la habitación contigua, mi dormitorio. Quería asegurarme de que el aro seguía colgado de una larga puntilla en la pared, por encima de la cama, como un cuidado trofeo. Desde allí me reclamaba el frío círculo de hierro que lo sacase a pasear junto a mí, como un perro fiel. El artilugio me llegaba a medio muslo, y lo hacía rodar sin esfuerzo. Me reconfortaba verlo solo, estático, sobre mi lugar de descanso, pues me sugería la presencia constante de alguien a quien no conocí. Aquel objeto que yo tanto apreciaba había sido el juguete preferido en la infancia de mi padre.
Cuando regresaba a la mesa, mi madre, tácita conocedora de mi reacción pueril, nunca me regañaba, mas volvía pudorosamente el rostro para que yo no advirtiese una mueca compungida, que era el comienzo de un sollozo mal disimulado.




* * *


Acababan de llegar las lluvias iniciales del otoño como solían presentarse, tímidas y recelosas de agitar sus enormes abanicos sobre la tierra sedienta. A poco más de cien metros de la casa, detrás de un grupo de eucaliptos en la parte baja del otero, el arroyo era como un niño recién nacido a comienzos de la estación; ya en los meses de octubre y noviembre, crecía nutrido por las abundantes y pesadas gotas que manaban de ubres celestiales.
A pesar del tiempo desabrido, con mi aro firmemente sujeto en la mano izquierda y el alambre para impulsarlo en la otra, salía al exterior. El aire me envolvía con aromas húmedos de una frescura indescriptible. Mi paladar cataba el gusto rancio que despedían las moribundas hojas de dos almendros en la trasera del hogar, junto a la linde del huerto. Alguna que otra vaca extraviada mugía como si me reclamase desde algún enclave en la siguiente loma, y, al acudir a su llamada, casi siempre me encontraba con la dehesa vacía, poblada tan sólo por los mismos robles y madroños.
Cuando se desgarraba el celaje, yo dejaba que mi aro continuara rodando solo hasta que, titubeante, acababa en tierra, detenido en seco por un matojo o una piedra. Entonces, un sol incapaz de herirme la vista me enviaba mensajes de luz acerca de un paraíso, el mismo que leía en las memorias de mi padre, y cuya ubicación debía haber conocido sólo él; pero cuando le preguntaba a mi amigo el solitario astro diurno, cuando quería que me hablase de aquel edén, abruptamente se guarecía tras las nubes, y mi alma de niño se sentía defraudada. Para aguzar más mi insatisfecha curiosidad, a los pocos minutos, al día siguiente, o jornadas después, reaparecía mi esplendoroso interlocutor, al que por lo visto le gustaba jugar al escondite o a hacerse el muerto para resucitar a su antojo.
Mis inocentes ojillos escrutaban las alturas inquietas y movedizas sin hallar respuesta a mis preguntas. Estaba seguro de que algo insólito debía ocurrir allá arriba porque aquellas nubes de lenta evolución eran ovejas que pastaban, pegadas a un enorme prado invertido, y milagrosamente no se caían.
(Continúa)

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(Continuación de EL ARO)


Un día frío y lluvioso de invierno, me aventuré a salir al campo, resguardado contra la intemperie por una prenda de mis mayores, reajustada a mis pequeñas proporciones. Mis pies iban protegidos por unas botitas de goma para el agua.
Me alejé haciendo rodar el aro por el carril desde la casa hasta el camino de tierra que bordeaba la espesura de eucaliptos. Tras los árboles se deslizaba paralelo el curso del agua embravecida, con la margen del arroyo mordida por las voraces dentelladas de la corriente.
Súbitamente, el aro se despegó del alambre, y perdí el control de mi juguete, que, en un corto trecho, rozó una piedra a la derecha del carril. Debido al leve impacto, la llanta viró en aquella dirección y continuó girando y girando cuesta abajo, sin tocar un solo árbol, hasta que se despeñó en las insondables turbulencias.
Afanoso por recobrar mi amado objeto, estuve a punto de seguir a éste en su caída si no hubiese sido por el afortunado golpe que recibí de uno de los troncos en la última hilera, la que daba al filo de la peligrosa orilla. Aferrado al providencial asidero, observé los remolinos turbios, que parecían devorar al mismo aire. Busqué infructuosamente algún rastro del aro. Mis ansiosas pupilas querían rescatar el redondeado objeto, inútil para muchos, pero de inestimable valor para mí. Me flaquearon, por un momento, las fuerzas, pero pudo más el instinto de conservación. De nuevo me agarré al asidero salvador. rompí a llorar con amargura y continué con mis irrefrenables sollozos mientras subía hasta el camino.
Sin aliento, me senté sobre la piedra causante de mi infortunio. Apoyé los codos en las rodillas y el rostro en las manos. ¿Por qué no se abría el cielo y salía mi amigo? No obtuve respuesta, y continuó lloviznando. La tarde se había vuelto mucho más gris. ¿Dónde estaría ese paraíso que mi desconocido papá había mencionado tantas veces en sus cuartillas y plegarias? El sol, esta vez, no estaba jugando conmigo; había muerto en serio. Mi corazón se acompasaba lentamente con el negro tambor del luto en la tarde aciaga. Habían desaparecido mis dos camaradas de juego. Me vi solo.
Mezclado con el rumor de los eucaliptos, me llegaron los sonidos velados de una conversación. No tardé en atisbar una silueta borrosa que se aproximaba siguiendo la irregular angostura del camino. Al fin divisé el bulto oscuro de una figura femenina a lomos de un asno. Sus brazos sostenían algo parecido a un niño de pecho, y por encima de su cabeza flotaba un paraguas negro abierto. Un hombre caminaba junto a la bestia, a la que sujetaba por el correaje de la cabeza. Llevaba un sombrero de piel de cabra cuya ala, vencida hacia abajo, goteaba como un tejado. Aparentaba treinta y tantos años y estaba protegido por un impermeable largo, de una pieza.
Al llegar a mi altura, la mujer dio una orden ininteligible. El arriero dio un tirón de la cabezada de la bestia, que se detuvo inmediatamente. Me impresionaron la bondadosa sonrisa del desconocido así como sus pupilas tono de carbón, que no dejaban de mirarme. Después, me fijé con detalle en la dama, abrigada con ropa modesta y negra. Un pañuelo del mismo matiz le cubría la cabeza y gran parte de la cara. Extrañamente, no sentí temor alguno.
--¿Por qué lloras, pequeño?
--He perdido mi aro –respondí poniéndome en pie y señalando hacia el arroyo--. Se me cayó al agua.
--¿Y por un simple aro te pones así? –volvió a inquirir la señora.
--Es que era de mi padre, que está muerto. Sólo me queda esta varilla—mostré un alambre herrumbroso de unos cincuenta centímetros de longitud, con un extremo acanalado para alojar el ancho de una llanta fina.
El hombre se colocó a mi vera y me puso una mano grande sobre los hombros; el calor del contacto hizo que aliviara el ligero escalofrío que se estaba apoderando de mi cuerpo. Me acarició el cabello húmedo, lo despeinó y lo recompuso con sus toscos dedos a modo de peine. Me atrajo hacia él, y a mi rostro llegó la frialdad de múltiples gotas que resbalaban por su impermeable.
--Dile a tu mamá que te compre otro aro –repuso la desconocida.
--Es que somos pobres.
La mujer hurgó en una de las alforjas y sacó un objeto redondo. Al alargar el brazo para entregármelo, se le descorrió el velo, por lo que quedaron visibles unos ojos que destellaban con un azul intenso, en contraste con el plomizo entorno. La lluvia cedía a intervalos para volver a la carga.
--Este es el aro de un viejo trébede al que le faltan las patas.
Cuando recibí el inesperado presente, me invadió una sensación de calma, de confianza; el metal se había templado con el cuerpo del animal durante el viaje. Era una pieza redonda de hierro, oxidada por el uso continuo, en la que se podían apreciar huellas de soldaduras para los tres soportes.
--¿A dónde van? –pregunté--. ¿Tienen dónde quedarse?
--Vamos de un lugar a otro, y nuestro techo es el cielo –respondió la dama--. Con esta lluvia vas a enfermar. ¿Dónde vives?
El hombre no despegaba su mano de mis hombros.
--En aquella casa del otero –la pareja miró hacia arriba en dirección a la vieja construcción que era mi hogar--. ¿Por qué no vienen conmigo?
La mujer me miró y ordenó en voz baja a su acompañante:
--Vamos.
Sin abrir la boca, el hombre acarició de nuevo mi cabeza y la estrechó contra su cintura, con mayor efusividad que antes. Tiró de la bestia. El abigarrado y extraño grupo de personas y animal continuó vacilante por el sendero, pues las pezuñas traseras del asno resbalaban sobre el limo al caminar. Prosiguieron la marcha contra mi creencia de que subirían a la casa. Finalmente, los viajeros, coincidiendo con un repentino chaparrón, se perdieron de vista entre los eucaliptos.
* * *


Retomé el camino de regreso, contento y empujando mi nuevo aro bajo la lluvia. No era tan grande como el otro, pero era un aro de todas formas.
Cuando entré en la casona, le referí a mi madre lo sucedido. Ella rompió a llorar al ver un juguete pequeño y distinto, uno que para ella carecía del valor sentimental del otro. No obstante, ya calmada, se aprestó a escuchar mi historia.
Mientras relataba el encuentro con los viajeros transeúntes, nos sorprendió con un brillo intenso el sol vivo, que se adueñó de la naturaleza y entró con fuerza en la casa. Con la misma espontaneidad y rapidez con que había surgido la luz, ésta se eclipsó.
--¡Mamá! ¡Esa es la señora que me dio este aro! –exclamé feliz al reconocer en la puerta a la mujer con la que había hablado minutos antes.
Mi madre, que estaba sentada de espaldas a la entrada, se volvió. La dama nos observaba sin pestañear. Tan blanco era su ropaje que había oscurecido a mi alto amigo, el sol. Parecía flotar en el aire y su figura abarcaba todo el umbral. Me miró diciendo:
--Lo que tienes en tus manos es una de las diademas de mi corona, que ningún rey ni reina pueden ceñir. Dásela a tu mamá para que la venda –mirando a mi madre añadió--: Utiliza sus beneficios con prudencia y sabiduría. Así podréis vivir sin necesidades--. Dirigió de nuevo sus inconfundibles ojos protectores hacia mí concluyendo: --Nunca me olvides. Reza por todos y por la paz del mundo cada noche al acostarte. Sigue los consejos escritos de tu padre, al que concedí el privilegio de ser mi palafrenero. Era él quien guiaba mi asno.
Tras estas palabras la misteriosa presencia comenzó a desaparecer ante nosotros, atónitos. Quedé sobrecogido. No lo podía creer y comprendí entonces el mensaje tierno de esa mirada y el rictus de satisfacción de esa sonrisa, porque un desconocido jamás me habría tratado como él lo hizo, pues era mi padre. Dejé el aro encima de la mesa y salí detrás de mi madre, que extendía ambos brazos, con dedos ansiosos, como si desease acariciar la blancura de tul que se le escapaba, que se difuminaba lentamente en la distancia. Flotaba una esencia de rosas por doquier. No había nadie, sólo la visión de nuestro campo, el de siempre, encendido en verdes más allá de los espinos de la cerca; mis condenados y rabiosos verdes que tanto amaba. La ladera en aquellos momentos resplandecía como una esmeralda gigante que engarzaba, abajo, los primeros árboles del arroyo. Detrás de la casa, en los almendros se despertaron unos ruiseñores cantarines mientras que tres golondrinas en vuelo circular construían un nido bajo nuestro alero.
Mi madre permanecía mirando en todas direcciones, y yo regresé a la carrera al interior de la vivienda. La mesa estaba vacía; el humilde regalo de hierro de la misteriosa mujer había desaparecido.
Con el corazón estallándome en el pecho, me abalancé en dirección al dormitorio. Miré la pared blanca sobre la cama. Colgando de la puntilla oxidada estaba mi aro grande, el mío, pero con una diferencia: brillaba como mi amigo, el sol resucitado, porque era de oro puro.

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Dora Gladys Tórtola Quilo  
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Jueves, 19. Octubre 2006 10:37 IP: 69.79.119.43 Escribir un comentario Enviar E-mail

Dulces mañanas

...Allí riendo y soñando Gerona y Belén, sonrientes en una banquita de aquel parque maravilloso en que todo tenía vida, fresco y exhuberante, nido de amor de pajarillos y lugar entre hojas, insectos y flores.
Era un parque muy bonito de un lugar sin nombre, un espacio sin fín, y un tiempo sin tiempo, ni hora ni fecha, así era lo que transcurría cada mañana dulce en el parque de Gerona y Belén.
Ella con diez y seis años, él con diez y ocho, hablaban del tiempo, de lunas y soles, de estrellas y mares, conchitas de amor, jugaban, reían, muchas veces a carcajadas, los pajarillos felices esperando cada mañana la llegada de ambos, pues cabe decir que ellos les daban semillas, y revoloteando, Belén quería poder atrapar uno sólo, tan solo para contemplar su cabecita y dejarlo volar.
Gerona fuerte y varonil, aconsejaba a Belén:"no permitas que la vida te gane a tí, tú debes enfrentar la vida, sabiendo que hay un Dios que todo lo ve".
Una mañana como todas, los jóvenes reían sin saber que la maldad que les rodeaba era tanta que se levantaría contra ellos. Disgustados a veces, ataques de ira que se apagaban con besos, abrazos, un confite, quizás, un chocolate, el espejito de Belén, por supuesto al día siguiente del enojo. Pues...prosigamos con el relato, aquella mañana un lobo acechaba el nido que Gerona en sus sueños había construido junto a Belén su amada niña...era un lobo feroz, disfrazado de ovejita dulce y tierna, que paso junto a la banquita en que los jóvenes sentados, ingenuos y faltos de entendimiento en ese momento, no repararon con tan malos deseos de la ovejita/lobo que los rodeó.
Sin querer Belén rozó el brazo de su príncipe; todo el panorama de aquel pequeño bosque quedó mudo testigo de un beso furtivo que Belén le dió a Gerona.
Gerona querí marcharse luego, tenía que ir a su casa, sin remedio, tenían que despedirse, sin percatarse que ya el veneno lanzado por el lobo cual áspid sediento de chisme, corría por los viñados, gritando: "¡Si vieráis a los dos tórtolitos ingenuos que reposan en ese parque, en el bosque cuyo lema es el amor cada día, allí están tomados de la mano sin soltarse jamás, descuidando cada momento a su alrededor, sin percatarse de las almas que pasan cerca de ellos!!, luego con voz estridente y mal sana, gritaba a viva voz: ¿Acaso no les basta con verse un minuto al día? quieren más cada día?, no es bueno dejarlos sólos, es preciso destruir ese amor"... El lobo que nunca había conocido el amor de ningun ser viviente, vociferaba, odiaba, presagiaba el mal hacia Gerona y Belén.
Dicho y hecho, ni tardo ni perezozo, corrió hacia un castillo en el cual habitaba la niña, allí contó todo lo que había visto, agregandole mucho más al comentario...UUFFF...¿A qué hora y cuando? murmuró el hermano de Belén, diganme cuando y como exclamo!!, pues eso no es de dignas doncellas refutó el lobo que ahora descubría todo su interior, ya no era lobo disfrazado, ahora era un verdadero lobo.
Y así se corrió el rumor en todo el condado en donde Belén frecuentaba su vida cotidiana. Mientras tanto Gerona ignoraba aquel estruendoso problema que se le sobrevenía, ya que ál amaba muchisimo a Belén y no permitíría que nada malo le ocurriera a la joven que amaba profundamente.
Gerona entusiasmado escuchó la voz de Belén: "Tú sábes...le dijo, soy tu amigo y no quiero que nada te haga sufrir, no importa el tiempo ni el lugar, sólo quiero que seas felíz..."
Belén y Gerona, ahora estorbados ante aquella situación, ya que en ese país sin tiempo, ni lugar, existía una terrible bruja que odiaba el amor, ya para ella sólo había odio y rencor, ésta malvada mujer era la dueña del lobo feroz. Por lo tanto Gerona y Belén huían a veces de las calles cercanas a aquel bosque que consideraban suyo y de nadie más, tanto así que las hormigas que se paseaban cada mañana, ya les cono´cían y sabían que ellos depositaban en la tierra, semillas, pedacitos de chocolate, galletitas, pan, etc. y las venerables hormiguitas ansiosas buscaban la compañía de ambos enamorados.
Se formó una gran tormenta, el dilema era si seguir o no seguir viendose en aquel lugar, ya que algunos malignos habitantes, deseaban la separación entre Gerona y Belén.
El rey de la comarca prohibió que Belén y Gerona se siguieran viendo, pero lo que el rey no sabía es que otro Rey mayor que todos los de este mundo, se habí agradado con el inocente amor que los jóvenes se profesaban dia a día, así que resolvió poder ayudarlos. Gerona cansado de tanta maldad, quería evitarle a Belén el seguir viendolo para que no existiera la murmuración.
El lobo indignado por tanto amor, acudió a la vieja bruja y le pidió que por favor no lo utilizara más, : "ya estoy harto., estoy cansado, con esos dos, no se puede"!! gritó a su dueña y le pegó una gran mordida, que la m,ujer se desangró...murío con ella todo el odio de aquella región. Gerona angustiado pues nó conocía de aquel amor profundo que sentía, se dió cuenta cada día que era el amor que Dios había depositado en su noble interior para una mujer que un día sería su esposa real, y que nada ni nadie, le apartaría más de ella.
El rey de la comarca arrepentido por el edicto que establecía la separación de ambos, no le quedó más remedio que promulgar una nueva orden: !!!Todo aquel que ingrese a ese parque del bosque escondido, sin hora ni lugar, quedará sutilmente impregnado del amor de GERONA Y BELÉN, y su aroma alcanzará por bendición del Rey más alto que controla todo el universo y más allá de él, a toda la creación que re regocija con un amor puro e ingenuo...!!!
Así fué el final del malvado lobo, ¿qué le sucedió?, pues el lobo murió amargado sin conocer el amor, porque no quizo conocerlo, ya que el amor es un sentimiento dado para que todo ser viviente lo experimente alguna vez en su noble existencia.
Gerona y Belén, hoy en día son un hombre y una mujer que han sido enseñados en la fiel Palabra de aquel Rey que es el más alto de todos, sin igual e inmortal, Dios mismo que los coronó de más amor....y las hormiguitas de la región viven más felices día tras día, sabiendo que no son destruidas sin que una mano amiga llegue y les colme de comida.
Un nuevo día otra vez, Belén y Gerona en el parque, ahora con distintos sueños, nuevos amaneceres y radiantes rostros sabiendo que nunca hay que hacer daño, pues el daño puede regresar a quien lo realiza.
Así viven cada día, con sueños, hablando poesía, triunfantes de amor...
Dora Gladys Tórtola Quilo
Guatemala, C.A.

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OBSESIÓN
I

Tras haber cenado un par de salchichas medio quemadas, subí al desván en respuesta a un impulso desconocido. Accioné el interruptor de la luz junto al umbral, y ante mí surgieron cacharros y muebles de todo tipo: muñecos, sillas viejas, dos mesas de comedor y una mesita de televisor sin ruedas, entre otros objetos destartalados. Todo formaba parte de un amasijo que se esparcía, más o menos desordenadamente, por el suelo de madera. Adosado a la pared del fondo reposaba un armario que en su tiempo de vida había tenido dos puertas; solamente le quedaba una. Me acerqué al desvencijado armatoste, que apenas se mantenía en pie. Su interior bullía con revistas antiguas, llenas de pliegues, y libros de texto con las pastas rotas. Una de las patas traseras se había desprendido y yacía en el suelo, unida al mueble materno sólo por cordones umbilicales en vaporosas telas de araña, redes para pescar insectos incautos. El polvo cubría todo como si en frente de la casa hubiera una fábrica de cemento en plena producción. Di un fuerte golpe con el pie en el suelo. Se estremeció la pieza entera. Surgió una neblina, cuyo molesto picor invadió las ventanillas de mi nariz y me hizo estornudar dos veces. Abrí la ventana para que se aclarara el ambiente. La bombilla, pendiente del techo y plagada de minúsculas deposiciones de moscas, se puso a oscilar ante un soplo de viento que introdujo, de pronto, la noche. Fluctuaron, de un lado a otro, las sombras de los muñecos, de las sillas, de las mesas. El armario pareció cobrar vida a causa del efecto óptico que producía su inquieta sombra en la pared. Metido en la cámara oscura del ático, de momento iluminada, no sabría decir con certeza si era la proyección de mi figura en el piso la que se desplazaba con las de los muebles, o era yo quien bamboleaba. Miré hacia las vigas de la techumbre y noté una leve sensación de mareo. ¿La cervical? No. No era el cuello, sino el pequeño globo luminoso, que, obediente a la brisa nocturna, se mecía como un péndulo. Aumentó de intensidad el viento, y el balanceo se convirtió en acompasadas cadencias elípticas, cuya visión me hipnotizaba. Antes de sucumbir ante el fulgurante ojo encendido, bajé los míos hacia el viejo armario. Permanecí unos segundos quieto, cegado por el resplandor. Di unos pasos en dirección a la ventana, y fue en ese preciso momento cuando algo me tocó la frente. Di un respingo hacia atrás. Pensé que era un moscardón, que como un kamikaze había penetrado buscando la fuente de luz. El contacto súbito de aquella cosa fue tan desagradable que extendí instintivamente el brazo derecho. Mi mano tropezó con un objeto ligero y flexible en su fugaz escapada: una soga que pendía de una de las vigas del techo. La sujeté. ¿Cómo no había reparado, al entrar otras veces en el desván, en la presencia de aquella especie de liana que casi tocaba el suelo? Me arrollé la maroma en un brazo y la tensé con cuidado, pero ante su tenaz resistencia mis tirones se hicieron cada vez más fuertes hasta que terminé izándome a pulso; la viga y la cuerda soportaron mi peso, y no se deshizo el nudo. Mi reloj me reveló que era tarde, y decidí ir a acostarme. Puse la bombilla a dormir y bajé las escaleras, pero quien no pudo dormir después fui yo. Las pesadillas se sucedían una tras otra. Con seguridad, la cena me había sentado mal.

Llegó la mañana, radiante de colores, pero mis pensamientos estaban grises, hostigados por una idea permanente: “¿Qué fin tendría aquel objeto colgante e inapropiado? ¿Por qué estaba allí?” Alguien debió haberlo puesto antes de que yo comprara el caserón. Mientras desayunaba algo ligero, no conseguía sentirme tranquilo. Tenía que volver al solitario desván. De regreso al lugar, me pellizqué el labio inferior, contemplando absorto la larga trenza de cáñamo. Decidí quitarla, pues, a la luz del sol, su flotante verticalidad desentonaba con la caótica armonía del cuarto trastero. Tomé una silla polvorienta y me puse en pie sobre ella; pero el techo era tan alto que mis manos, con los brazos extendidos, quedaban muy lejos de la viga. Cortar la cuerda no era solución, pues quedaría un buen cabo colgando. Sin descender de la vieja pieza de mobiliario, acaricié el extremo deshilachado de la soga. Aquel acto me hizo evocar los tiempos de servicio en la marina, e improvisé un buen nudo corredizo. Una idea morbosa cruzó por mi mente. “¿Por qué no?”. Quise probar qué sensación producía una soga alrededor del cuello. Con manos temblorosas me ajusté el lazo alrededor de la garganta, con la holgura de un collar. Pinchaba desabridamente, como la piel de un erizo. Me aterró imaginar el solemne entorno, el indescriptible miedo, la incertidumbre que crea el fatídico instante en que un reo está a punto de ser ajusticiado. Me temblaron los músculos de las extremidades, y mis pelos debían estar de punta por el escalofrío que recorrió mi cuero cabelludo. Aún asustado, pero satisfecho por la excepcional experiencia, me disponía a liberar mi cuello, cuando, de repente, convulsionaron los alambres de mis piernas, como si fuera a perder el equilibrio. Traté de aferrarme con desesperación al espaldar de la silla, pero éste ya no estaba a mi alcance. Noté con horror que mis pies no pisaban firme. Lo únicio que oí fue un tremendo crujido, el grito breve y agudo que da la madera al astillarse mientras mi cuerpo y mi espíritu descendían, sin parar, en un vacío infinito. De este modo acabaron mi obsesión, mis preocupaciones por la maldita soga… y mis días.
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Antonio Macías Luna  
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MI MAESTRO


Debido a la negrura del cabello ondulado y al elevado porte de don Salvador, yo me sentía como David frente a Goliat o a un ser de otra galaxia. La primera vez que le vi, mi imaginación infantil modeló la figura de mi maestro dando zancadas enormes con las botas de siete leguas, las que usaba el ogro enemigo de Pulgarcito.
Cojeaba don Salvador, pero con elegancia. Debido a la rigidez de su pierna derecha, ésta daba la impresión de ser de madera, como la que usaban los corsarios, quizás la misma que yo había visto en las ilustraciones de un libro de Stevenson, regalo de mis padres. Su aspecto era el de un pirata trasladado al siglo XX. ¿Llevaría sable? Me hacía esta y mil conjeturas sobre la posibilidad de que escondiese alguno debajo de la chaqueta, para asaltar galeones y conseguir pingües fortunas. Lo que sí estaba claro es que no usaba tricornio ni llevaba un loro verde en el hombro como el peculiar personaje de mi libro.
Tampoco utilizaba bastón; él mismo se las componía para desplazarse, envarado y con titubeos, por la acera. Si se cansaba, lo cual era raro en él, se afianzaba un momento a los barrotes de una ventana antes de continuar la marcha. Perdido en las sombras que proyectaba la débil luz de las farolas, don Salvador parecía una momia siniestra mientras se alejaba por la calle, entrada la noche. Nunca supe la causa de su invalidez.
Con el transcurso del tiempo, llegué a conocerle y me di cuenta de que aquel hombre no pasaba de ser un cíclope inofensivo, pues carecía de algo indispensable para ser poderoso y agresivo, la facultad de doblar una de sus piernas. Por otro lado, era tan especial que poseía un talante discreto y una gran diplomacia en el trato con el prójimo. Metódico, acudía puntualmente a la clase. A las nueve menos cinco era el primer profesor en cruzar el portón de la escuela. Y allí, en el aula, estábamos sus alumnos, los del grupo B de primaria, niños de un arrabal modesto de Gijón, correteando entre las bancas.
El rigor del invierno traía un viento helado del Cantábrico, y no había en la escuela un mal brasero que nos calentara. Nos frotábamos las manos o las guarecíamos debajo de las axilas; también las poníamos en forma de tubos y soplábamos a través de ellas para impregnarlas con el calor del aliento. Esta escena era coreada por nuestras voces, ignorando que en pocos minutos llegaría alguien tan importante y respetuoso como nuestro profesor. Don Salvador, que conocía a sus pupilos, muchos de ellos traviesos y mal educados, carraspeaba al pisar el vestíbulo para que le oyésemos y nos sentásemos en postura correcta, o sea con los brazos cruzados sobre los pupitres. Imagínense a una treintena de niños con una media de ocho años, sin haber recibido aún la primera comunión, corriendo cada uno hacia su lugar para situarse más derecho que una vela en cuanto sonaba la áspera tos de advertencia.
En la puerta abierta, apareció la humanidad bien plantada de don Salvador, como dudando antes de dar un paso. Venía abrigado hasta la nariz con una bufanda roja.
--¡Buenos días a todos! –saludó mientras se dirigía hacia su mesa de trabajo, un mueble viejo, con arañazos y pintado de color castaño, que se había vuelto mate por la acción del tiempo. Aquel hombre era limpio aunque solía llevar un traje gris de corte clásico y con arrugas. Una vez oí a doña Plácida, la maestra del grupo A, comentarle a una compañera que don Salvador se conservaba muy bien a pesar de ser un soltero cuarentón.
Detrás del maestro, al fondo, un gran encerado ocupaba casi toda la pared. En aquella especie de telón negro nunca faltaban unos dibujos hechos con tiza blanca, simulando orejas de asno, debajo de las cuales se colocaba de pie, castigado, todo alumno sin intención de enmendar sus malas notas. Gracias a Dios nunca padecí la humillación de situarme bajo aquellos apéndices puntiagudos; picota que me habría acreditado como un chaval corto de entendimiento o de conducta irreductible.
Mientras don Salvador colgaba la gabardina y la bufanda en la percha, sus ojos transparentes, de un ámbar oscuro, volaron para detenerse en mí como era costumbre cada mañana. Su rostro chupado lucía un recio bigote oscuro, corto como un pizarrín, y una leve sonrisa, que contrastaba con su entrecejo encogido. Quizás se pregunten ustedes cuál sería la razón de aquella mirada, ¿Pura coincidencia? Hoy acaricio una hipótesis basada en la realidad: Yo era el más aplicado de toda la clase, pues así lo avalaban las calificaciones escolares, y estoy seguro de que ese intercambio visual momentáneo confirmaba un tácito entendimiento entre alumno y docente. Aquel detalle insignificante me servía de estímulo para mantener un alto rasero de buena conducta y no mostrarme agitado, como otros compañeros.
--A ver. Saquen los cuadernos de caligrafía y repitan la página cinco. No quiero ni una sola tachadura –dijo aquella mañana paseando sus ojos acariciadores por los rostros de los alumnos más atrasados.
Tenía que ser la carilla número cinco, la más pesada, la que nos hacía repetir una y otra vez; la que mostraba dos letras que a él le gustaban mucho: la F minúscula, “con sus lobulitos de punta y una filigrana en el centro como la cinta anudada de un regalo”. ¿Y la R minúscula? Esa era menos complicada, pero había que dejarle “bien hecho el moñito en el lado izquierdo de la cabeza”.
Un día de aquellos en que el frío había cedido, ocurrió algo inesperado. Eran las nueve y media, y don Salvador no aparecía. Los alumnos estábamos extrañados por la ausencia de nuestro maestro, quien nunca había faltado ni siquiera por enfermedad. Sorprendentemente, entró el portero de la escuela y nos mandó al recreo. Algunos se alegraron de aquel cambio en la rutina diaria y se entregaron a sus juegos habituales. Yo preferí sentarme en el primer peldaño de las escaleras que conducían al piso superior, donde se encontraban el despacho de la dirección y las aulas de bachillerato. Desde mi emplazamiento deslizaba, pensativo, los ojos sobre la pista de baldosas del amplio vestíbulo. A través de una gran cristalera, a la izquierda, divisé las cabezas de mis compañeros que se movían alocadamente de un lugar a otro, al aire libre. Gritaban y forcejeaban. Un tal Peláez, transpirando, se acercó a la piletilla del patio. Abrió el grifo y puso la boca torcida bajo el chorro, mostrando un desfile de dientes.
Habrían transcurrido veinte minutos cuando oí pasos por las escaleras. Bajaba don Rafael, el director, acompañado del portero, el cual nos convocó en el aula. Ya sentados en clase, apareció doña Plácida, que traía los ojos enrojecidos, lo que no dejó de alarmarme. Se situó a la izquierda del superior. Yo intuía que algo serio debía haber ocurrido para que se dirigiese a nosotros la máxima autoridad del centro.
--Estimados alumnos –comenzó don Rafael con voz seca y apagada--. Me veo en el doloroso trance de comunicaros que anoche falleció nuestro querido maestro, don Salvador Quiñones. Por lo tanto, el colegio queda clausurado hoy y mañana en señal de luto. Don Salvador nos deja no sólo su recuerdo, el de un profesor que miraba por sus alumnos, sino también un ejemplo de conducta a seguir por vosotros e incluso por la plana docente conmigo a la cabeza –puso una mano en el hombro de la profesora concluyendo--: Desde pasado mañana, os integráis al grupo de la señorita Plácida.
Al final de la alocución, mi espíritu era una lámina gruesa de granito alojada en mis carnes; de forma parecida se encontraban mis compañeros cariacontecidos. El aula mantenía un silencio sepulcral. En el encerado aparecían, sin cabeza y solitarios, los trazos de las orejas de burro, los últimos que nos había dejado don Salvador en vida.
En la percha, junto a la pizarra, mientras escuchaba al director, me había llamado la atención la gabardina que había pertenecido a mi maestro. Don Salvador la había olvidado el día precedente, o tal vez antes; era tan distraído que a menudo se marchaba sin el paraguas. En aquellos momentos de tristeza tuve que ser yo quien reparase en el objeto lacio y sin dueño. Cuando don Rafael acabó de hablar, me puse en pie y le advertí de la existencia de la prenda. La tomó en sus manos con el rostro contraído y los párpados medio cerrados para disimular la emoción, Una vez que hubo traspasado el umbral, se detuvo para extraer algo de un bolsillo de la gabardina mientras conversaba con la señorita Plácida. Era la bufanda roja de mi maestro, de la que se desprendió un trozo de papel blanco. Éste cayó en una gran maceta situada entre la puerta de la clase y el pie de las escaleras.
Nadie se dio cuenta de aquel detalle. Cuando salí del aula, guardé disimuladamente lo que era un sobre cerrado y partí con el resto de los compañeros. Algunos llorábamos, otros conversaban en voz baja. En la puerta del colegio, la compacta masa de alumnos de primaria y de bachillerato se disgregó en pequeños grupos, los cuales tomaron diversas direcciones. Esperé a encontrarme cerca de casa para examinar el contenido del papel. No deseaba que hubiese testigos. Me había atribuido el indecoroso derecho de apoderarme de algo que no me pertenecía, pero actué impulsado por la necesidad de conservar un recuerdo de una persona difunta a la que respetaba y quería. Lo escrito en aquel documento, si era algo personal, quedaría grabado en mi alma, pero no en mis labios. Confiaba en que don Salvador no me lo reprochase desde el Más Allá.
Al llegar a la esquina de mi calle, extraje del bolsillo el ansiado trofeo y cuando estaba a punto de abrirlo, reparé con sorpresa que estaba dirigido a mi padre. Por respeto a don Salvador opté por entregar a su destinatario el sobre, que temblaba con mi mano.
Eché a correr hacia mi casa. Cuando subí, mis progenitores se hallaban reunidos en el salón. Les comuniqué la terrible noticia, y mi madre rompió a llorar. Tras leer la carta, mi padre se volvió de espaldas como si buscase algo en las copas de la vitrina, pero el reflejo aceitunado del cristal no me impidió ver su semblante desencajado por la pena.
De labios de la gente pude conocer la causa de la muerte de don Salvador: Un infortunado golpe en la cabeza contra el bordillo de la acera.
Han pasado más de cincuenta años desde los sucesos que acabo de referir. Hace una semana, me impresionó ver en la prensa una esquela que anunciaba el décimo aniversario del óbito de doña Plácida, la maestra del grupo A de mi colegio. Aquella noticia fue la espoleta que hizo reventar toda una carga de recuerdos en mi ente.
Busqué y rebusqué entre las pertenencias de mis padres difuntos y ancestros hasta que vi un álbum de fotos. Entre el mosaico de cartulinas grises, descubrí una en la que aparecían mis compañeros alrededor del maestro. La foto había salido torcida, y en ella estábamos los de la clase B en una jornada de excursión a Ribadesella. Parecíamos espectros por los semblantes anticuados. Ah, no vi a Peláez; claro, fue el que nos hizo la foto. ¿Dónde estaría hoy? No había vuelto a saber nada más de él. Don Salvador estaba de pie en el centro de la segunda fila, con expresión humilde, pretendiendo pasar desapercibido, pero resaltaba en el grupo, no sólo por su estatura sino por su gallardía y personalidad. Al pasar la página del álbum me sorprendió encontrar un sobre aplastado y frágil por las zarpas de los años. En seguida se me vino a la memoria aquella carta que don Salvador había dirigido a mi padre antes de que aquél falleciese y que, por dictamen de mi conciencia, no había osado leer el día que la tomé de la maceta en el colegio. Abrí el envoltorio y extraje una cuartilla escrita a mano por mi difunto profesor. (Continúa)

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