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Domingo, 21. Septiembre 2014 15:10
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Nombre Cuentos
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NELSON GÓMEZ LEÓN  
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EN EL DESIERTO


El caminante sudó hasta la última gota de su cantimplora.
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NELSON GÓMEZ LEÓN  
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EN UN FUSILAMIENTO


Tres tríos de trémulos y atronadores ojos tuertos trataron de solucionar un tremendo entuerto…
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CRÍTICO DE FE


Después que Moisés recibió las Tablas de la Ley, Aarón descubrió varias faltas de ortografía y guardó un respetuoso silencio.
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¡AY, ROSARIO!


Loca de amor y celos, ella se lanzó a las líneas del ferrocarril. El maquinista Clemencio, nuevamente destrozó a Rosario.
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Viernes, 6. Abril 2007 15:30 IP: 192.168.12.15 Escribir un comentario Enviar E-mail

LAS FERIAS DE JUAN
(Suvalle)
El Centro Comercial había quedado en penumbra. Juan se demoró al tironear de la puerta del baño. Había entrado a probarse el equipo completo de hombre rana. Con esfuerzo lo compró en ese shopping. “¡Imbécil!”, gritó sin cesar. Pugnó y golpeó con sus zapatos para alertar. Nadie respondió. Palpó su ropa y la metió en la bolsa vinílica. Lloró. Por la mañana partiría con sus amigos hacia una playa y abordaría un velero para ir a bucear en el Golfo. Desde niño soñó con las aventuras de Lloyd Bridges mientras miraba las viejas series de “Caza Submarina” por T.V. “¡Imbécil!”. Sus amigos zarparían sin él y perdería sus ferias veraniegas. Sofocado buscó algún grifo para mojar su rostro y beber agua con sus manos. Se refrescó una y otra vez. Bebió con ansiedad. No pudo cerrar la canilla. El agua comenzó a correr con abundancia. Al rato notó el recinto inundado. “¡Piedad!”, vociferó. Y como señal milagrosa cedieron las puertas. Tras de Juan salió el agua que daba ya por su cintura. Todo navegaba en la penumbra. No había solución posible, sino sólo chapalear y mantenerse a flote. Y así atravesó el complejo varias veces. De ida y de vuelta con sus antiparras. Era un perfecto hombre rana; un acuanauta investigando con delirio el misterio submarino. Al apoyarse para mirar tras una vidriera vio que la calle estaba iluminada. Sólo allí reinaban las sombras. Creyó bucear dentro de una gran pecera. Y lanzó las bengalas de S.O.S. Los curiosos aparcaron para contemplar el espectáculo Y aplaudieron y se retiraron sin entender el mensaje. Por la mañana, en todo el mundo se comentó “la gala” del shopping. Juan conoció los detalles cuando lo encarcelaron. La Compañía de Seguros lo denunció. Nadie creyó en sus historias. Nadie atestiguó en su favor; ni el traje de hombre rana fue un indicio favorable. Pasaron dos semanas. Pagaron su fianza. Y Juan, alelado y famoso, regresó a su trabajo: sin decir una palabra…
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Sergio Hernández  
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Mundo extraño




Me dijeron que “eso” era la “Vida”.

Muchas veces pensé que la Vida es el “Infierno” y unas pocas, creí que era el “Cielo”, palabras que se usan allá para decir que se está mal o se está bien.

Vivía con otros, junto a ellos –que se llamaban “humanos”- y en torno a este concepto, únicos seres pensantes, concientes, en ese planeta que llamaban “Tierra”.

Había otros seres vivientes –que nunca conocí muy bien- los “animales”, pero, ninguno tan conciente, tan creativo y tan brutal como el humano.

Había dos clases de humanos: los buenos y los malos. Los malos eran unos pocos, pero, cada malo podía hacer el daño suficiente como para contrarrestar todo el bien que pudieran hacer miles de buenos y de pronto, vivir entre los humanos parecía ser algo terrorífico.

Era tanta la maldad de algunos malos que podían ser más temibles por lo que pensaban que debían hacer otros tan malos como ellos, que por lo que podían hacer individualmente. De hecho, eran los “intelectuales”, los cerebros pensantes, que podían inducir a miles o millones de malos a cometer las más terribles atrocidades que pudieran imaginar.

Hasta llegué a pensar que no quería vivir entre humanos. Pero, también estaban los buenos, seres pacientes, amorosos y resignados, a los cuales se les solía llamar “ovejas”.

Las ovejas eran seres constructores de las más inauditas maravillas, con las cuáles deseaban mejorar “la calidad de Vida” de los demás humanos, pero, los malos, que se llamaban a sí mismos “tigres”, “lobos” o “demonios”, usaban los “bienes” creados por los buenos para realizar sus malignos propósitos.

En ese mundo tan contradictorio yo estuve del lado de los buenos, aunque, a veces, me dejaba arrastrar por la maldad de los malos, pero, finalmente, triunfó en mí, la vocación por el bien; eso creo.


Al parecer, en ese mundo no había que ser bueno porque los buenos siempre eran avasallados por los malos o caían víctimas de su maldad.

Los buenos tenían la Esperanza de que pronto llegara a la Tierra un Salvador, un “Mesías” y aunaban sus deseos en doctrinas de “creyentes”, que esperaban una Vida Mejor, después de la Muerte...

Y bueno, ahora que estoy aquí, en este extraordinario lugar, eso es lo que espero, aunque su nombre, Cie- In- Pur, me hace sospechar que no se diferencia gran cosa de ese otro mundo del cual yo vengo...



Sehm
Sergio Hernández Muena
Valparaíso, 22 de abril de 2005




P.S.- Únete a los buenos y serás...
un tontito...
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Antonio Macias Luna  
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Lunes, 25. Diciembre 2006 17:07 Host: pc-4-121-86-200.cm.vtr.net Escribir un comentario Enviar E-mail

MI SOBRINO ALEJANDRO



Desde mi habitación de trabajo contemplé el plato de sopa humeante que yo mismo había colocado en la mesa del comedor, antes de concentrarme de nuevo en mi tarea.
Me sucede con frecuencia que, cuando me ronda una idea para escribir, me olvido de todo, hasta del almuerzo. Me coloco ante el papel como alguien que se arrodilla delante de un verdugo encapuchado y se deja cercenar la cabeza. Sí. Es difícil el arte de airear letras sobre una superficie blanca, superficie que también puede ser de color ocre como la del papel de estraza, o rosada como la del que utilizan los chiquillos para hacer volantines y cadenetas encolándolos con harina remojada en agua.
Admito que no todo el mundo es suficientemente osado para agarrar una pluma o un bolígrafo y tejer sílabas llenas de sentido que los demás entiendan sin dificultad, o frases incoherentes que sean interpretadas a criterio de quien las digiera.
Yo poseo el don para escribir, como otras personas. No me jacto de ello, pero no sería justo callar considerando que un sobrino mío es bastante irónico cuando se sitúa a mi vera y mira, absorto, el temblor de mi mano sobre la limpia llanura del papel. Alejandro, que así se llama mi pariente, es un púber de no más de catorce años; según él, ya efectúa correrías en el campo de la literatura mandando versos tiernos a su novia. Nunca me ha dado por leer sus obritas porque a esa edad ya se pueden ustedes imaginar…
Drucila, una chiquilla, apenas le hace caso; no obstante, se siente halagada por las cartas, ya que no hay otro que se las envíe. Alejandro la llama su Dulcinea por la similitud de nombres, y no afirmo por ello que esté loco, como nuestro conocido manchego, pero algo fuera de sus cabales debe de andar por la niña.
Me sobresaltó un portazo que provenía de la entrada del departamento.
--¿Quién es? –inquirí en voz alta.
No obtuve respuesta. A los pocos instantes, me crucé con unos ojos culpables y un mechón de pelos rebeldes sobre una frente sudorosa; Alejandro había llegado a la carrera.
--¿Tú crees que esas son formas de entrar en una casa? Como sigas así, me devuelves la llave.
--Verá, tío. Es que iba a escribirle algo a Drucila cuando usted me llamó y tengo que volver para hacerlo. No vaya a pensar ella que no me preocupo de lo nuestro .
--Pero, hombre, por un día que no le escribas no te va a pegar –traté de consolarlo---Anda, toma asiento y relájate. Mira cómo trabaja un escritor hecho y derecho. Ve tomando nota para tus “mensajes de amor”.
Alejandro obedeció y se sentó en un sillón. Se dispuso a observar lo que yo hacía. Con el índice y pulgar de la mano izquierda se arremolinaba el cabello negro, pero éste era tan rígido que se enderezaba de nuevo como una fusta cuando es flexionada y soltada de repente.
--Bien, tío –dijo sin dejar de rizarse las greñas--. ¿Qué va a escribir?
La verdad es que me pilló en cueros. Me dominó un escalofrío. Vi en el niño al verdugo al que hice alusión antes, cuando un poeta se pone a escribir y no le surge nada de la mente. Presentí que un tajo iba a cruzar a través de mi cuello con una de las hachas de agudo filo que utilizaban los profesionales de las ejecuciones.
--Por lo visto, usted no le hace ni cosquillas al papel –añadió Alejandro.
--Paciencia, chaval, que todo llega. ¡Oye! No te burles de mí, ¿eh? Últimamente, andas limpio de vergüenza...
--Y usted, de un humor...
Me estaba poniendo nervioso aquel mozalbete, que utilizaba una literatura de tres al cuarto. Los padres, que estaban de vacaciones, me habían dicho, al partir, que no tuviera compasión de él; que le largase un par de pescozones si se desmadraba. En realidad, no soy hombre duro, de esos que abofetean a un imberbe, mucho menos si era mi sobrino porque después le iría contando a mi hermano que yo le había pegado con la correa. ¿Se habrá visto semejante embustero? Al final me las tendría que ver con el papá porque, a pesar de que éste me había autorizado a soltarle algún que otro cachete, en el fondo a nadie le gusta que sean maltratados sus hijos. Ese era el caso de mi sobrinito: se aprovechaba de la contradictoria debilidad de mi hermano.
Mi cabeza borboteaba como una olla hirviendo por encima del punto de ebullición. En el infierno de mi cerebro no saltaba llamarada alguna; no nacía ni una sola palabra. Alejandrito, como le llamaba su mamá, tomó un bolígrafo del portalápices y una hoja de ésas que andan rodando por mi mesa de trabajo, de las que sirven de borrador. Regresó a su asiento mientras yo rascaba, una y otra vez, mi escaso cabello a punto de calcinarse, sin conseguir trazar ni una sílaba. “¿Y por qué no escribirle un poema de amor a mi primera novia, la del colegio, la de hace tantos años?”, se me ocurrió de improviso. Lógicamente, este chiquillo lo hacía para conseguir los favores de la dueña de su corazón, una jovencita de carne y hueso. Yo, al no tener a nadie real a quien dirigirme, podría urdir toda una gasa de sutilezas imaginarias, y el poema me saldría de dulce, como decimos los que no somos reposteros, pero nos esforzamos por arraigar el castellano en lo más hondo del vulgo. Esbocé un comienzo:

“Mi bien amado amor:”

“¡Qué heptasílabo! ¡Me ha salido bordado!”, exclamé para mis adentros sin alzar los ojos, pero hasta ahí llegué; en ese momento, dejaron de caminar los pies de mi numen. “Al final va a tener razón el mequetrefe de mi sobrino”, añadí, preocupado y pensativo, mientras mi vista se paseaba por el camino abierto en el papel en espera de que se ensanchara el sendero de la composición poética. De súbito, miré hacia el sitio donde se encontraba Alejandro. Me llevé una tremenda sorpresa al constatar que el atrevido se había ausentado; no había dicho adiós y se había ido sin haberme dado un beso a mí, que soy su tío. “¡Cómo ha cambiado la juventud…!”.
Desde el brazo del sillón me enviaba destellos, gritos, un papel exigiendo lectura. “Estará repleto de tonterías cursis y acarameladas…”. Me acerqué y lo tomé. Me llamó la atención la casual coincidencia del primer verso de un poema que aparecía escrito: “Mi bien amado tío”. Acuciado por una hambrienta curiosidad, les invito, estimados lectores, a zamparnos de corrido las estrofas que siguen:

Mi bien amado tío:
No sé qué aires se desea dar.
Cuando pretende el soplo de la Musa,
usted lo único que hace es reclamar
y no admite que lo único que abusa
aquí es el poderío
del inútil esfuerzo de su mano.
Es cierto que a mi novia escribo poemas,
unos banales temas
de los que usted se ríe y burla, ufano.
Sepa que el tiempo es oro,
y en escribirle a usted no me demoro
más de un cuarto de hora.
¡Ah! Le dejo esta silva con cariño,
porque me marcho ahora;
unos versos que no son pan de amor,
sino masa con lágrimas de un niño
que, como su tío, no duda
y mira compungido cómo suda,
con gestos de novato, su mayor.

Después de tachar el poema con una cruz de San Andrés y convertirlo en una pelota, me levanté y lo lancé suavemente, a pesar de mi enojo, para introducirlo en un florero vacío del comedor con tan mala puntería que acabó nadando en la sopa helada del plato.

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Antonio Macias
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DIALOGO CON EL ABUELO

--¿Por qué tienes el pelo tan blanco, abuelo?
--¿Tan blanco me lo ves?
--Sí. ¿Es que te lo pintas?
--En todo caso, me lo teñiría. hijo, pero has de saber que no lo he teñido yo...Quiero decir, la vida y los años me lo han pintado de este color.
--¡Qué cosas dices, abuelito! No sabía yo que la vida tuviese pinceles y lápices para pintar una cabeza. Mira este dibujo que he hecho en el colegio, pero allí lo hago con colores.
--No veo blanco por ningún sitio.
--Es que son colores alegres. Mira, aquí en la silla del caballo de la princesa, hay colorados, celestes… ¿A ti, cuál te gusta?
--Me gustan todos, pero deberías usar el blanco también; conseguirías más tonos, pues el blanco es luz pura. Atiéndeme bien. Dicen que cuando el pelo está blanco es porque la persona que lo lleva ha sufrido en la vida.
--Entonces, tú has sufrido mucho, ¿verdad?
--No preguntes. Estudia, sé feliz y procura hacer siempre el bien. A pesar de todo, puedes recibir algún revés.
--¿Un revés? ¿Sabes una cosa? Paquito me dijo antes de ayer, en el recreo, que me iba a dar eso precisamente, un revés.
--¿Eso te dijo? ¿Y qué le dijiste?
--Nada. abuelo. No sabía qué era un revés.
--Mira, Pepito. Un revés es lo mismo que un guantazo.
--¡Ah, un guantazo! Pues mañana me voy a poner los guantes para darle un buen revés a Paquito. Se va a enterar.
--Ni se te ocurra; no estaría bien.
--Entonces, tampoco está bien el guantazo que me dio Paquito.
--Efectivamente. Por eso mismo tú no debes hacerlo; nunca imites a nadie sin saber si lo que ha hecho es lo correcto.
--¿Y cómo sé eso?
--Siendo un buen chico; trabajador, educado y respetuoso con los mayores. Nosotros te lo iremos enseñando, y tú lo irás asimilando con el tiempo.
--Entonces, cuando se me ponga la cabeza como a ti, ¿verdad, abuelo?
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Antonio Macias Luna  
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Lunes, 25. Diciembre 2006 16:53 Host: pc-4-121-86-200.cm.vtr.net Escribir un comentario Enviar E-mail

LÁPIZ QUE HACE DIANA



I

Palpé el bolsillo derecho de mi chaqueta. Menos mal. No había olvidado lápiz y papel; estos son mis útiles de trabajo, los que necesito siempre. ¿Útiles o inútiles? Depende del fin al que sean destinados. Se les puede considerar herramientas de trabajo, como si la acción de escribir revistiera carácter laboral o supusiese un apreciable esfuerzo. No he dicho nada exorbitado si se tiene en cuenta que este viejo oficio a menudo conlleva un efecto sutil y ofensivo para algunas mentes, para algunos ojos que se empeñan en mirar hacia un mismo punto y no varían su diana; entonces, el lápiz puede ser un dardo en miniatura, un objeto disuasorio aparentemente inofensivo, pues no hiere de modo tangible y sangriento; sus consecuencias, sin embargo, llegan a ser demoledoras y su visión, incluso horripilante según la mano que lo guíe y el astuto lenguaje que mantenga sobre el papel.
Hablo con conocimiento de causa, por experiencia personal. Me explico: Yo soy uno de esos forzosos seguidores de un trabajo para poder conseguir un mínimo de sueldo, al menos que me permita vivir con dignidad. El Sr. Gómez Fuentes, mi jefe, es un tipo displicente, poco dado a la charla amigable con los colaboradores de nivel inferior. Él sabe que me gusta escribir y alimenta la opinión lamentable de que expreso tonterías o sandeces, que los poetas somos gente sensiblera y hasta amanerada, que nos gusta hablarle a la rosa y al amor como delicadas cenicientas. ¿Habrase visto mayor ignorante?
La sorpresa se la llevó Gómez ayer, cuando leyó en un diario local pasado de fecha un editorial denunciando las deficiencias de la travesía de Caterne, nuestra pequeña ciudad, por el mal estado del firme. Su semblante rozaba el estupor. Acababa de ver mi nombre al pie del artículo, un relato bien descriptivo del estado de baches y socavones que pululaban en las vías centrales de la población. Como información para el lector, el problema estribaba en que era tal el flujo de camiones y vehículos pesados que transitaban por la travesía central que eran continuos los atascos. La denuncia había resultado tan contundente que en el plazo de sólo un mes comenzarían las obras de la carretera variante, un desahogo que circunvalaría la periferia de Caterne. Al concurso de los trabajos de remodelación no podía aspirar nuestra empresa debido a su precariedad de medios, lo cual contrariaba a mi jefe.
Aquella mañana, Gómez Fuentes llegó a la oficina con su terno oscuro, de planchado impecable, y se dirigió a mí con un tono sarcástico:
--Tengo que felicitarle por su iniciativa ante el municipio. Es usted un hombre inquieto. ¿En qué anda fantaseando ahora?
Yo me había quitado la chaqueta, no sin antes introducir el lápiz en el bolsillo de la camisa, de forma visible; es una forma de mantener mi afilada tizona lista ante cualquier contingencia.
--Estoy ideando una historia con visos de realidad; puede ocurrir en la vida común –le respondí sin esquivar su mirada.
--¿Visos de realidad? –preguntó sonriendo con prepotencia--. Oiga, Roberto, admito que la censura dirigida a las autoridades ha surtido efecto, pero esos cuentos suyos me suenan como los que relataba mi abuela para que me durmiese. Al final era mejor que se callara porque, en lugar de ayudarme a dormir, provocaba el efecto contrario: Me mantenía despierto con pesadillas.
--Debían ser muy buenos esos relatos para quitarle el sueño. ¿Eran de terror? –pregunté disimulando cualquier matiz de burla en mi voz.
Gómez me observó con ojos de ratoncillo veterano.
--¿Y qué historia está urdiendo en su entramado cerebral? –inquirió adoptando un lenguaje de estilo literario.
--Nada fuera de lo común. Es sobre un galeón negrero, un transportista de esclavos que hacía la ruta África/Venezuela. Llevaba alrededor de cuarenta hombres con grilletes. No podían hablar entre sí, pues el látigo les caía con fuerza en las espaldas a cada palabra que se atreviesen a pronunciar.
--¿Y qué pasó? ¿Llegaron a buen puerto todos? –preguntó sonriendo.
--Aún no tengo claro el desenlace, pero creo que esta charla nuestra me podría inspirar el final del cuento.
La sonrisa de mi jefe se convirtió en una sonora carcajada
--Seguro que pondrá que todos los del galeón “arribaron felices y comieron perdices”, ¿no?
--Se equivoca, señor Gómez. Se produjo una situación peculiar a bordo, un motín iniciado por uno de los esclavos que acertó a arrancar una astilla del potro al que iba amarrado.
--¿Y que hizo?
--Se la clavó en el pecho al contramaestre cuando pasó cerca. El prisionero le arrebató las llaves y…
--¡Bah! Eso suena a patraña, a historia de chinos sin base alguna –hizo sonar una palmada y concluyó--: Bueno, a trabajar, que mañana quiero los expedientes que le entregué el lunes.
Cuando aquel tipo descortés se hubo marchado coincidiendo con el fin de la jornada laboral, me encontraba al borde de un ataque de nervios.
Para tranquilizarme, puse fin al relato en mis cuartillas y arrojé el lápiz encima de la mesa, el cual quedó con la punta mirando al frente. Recogí y abandoné la oficina.



II


Al día siguiente, muy temprano, vagaba un aire denso bajo los fluorescentes. Miré a todas partes, hacia los rincones, hacia los demás escritorios vacíos, pues yo era siempre el primero en introducir mi tarjeta de control en el reloj del personal.
Sin apenas percatarme de ello, Gómez, con el ceño fruncido y actitud apremiante, se acercó y se colocó delante de mi puesto de trabajo.
--¿Tiene listos los presupuestos? –preguntó con sequedad y altivez.
--Sí, señor.
El hombre me observaba esperando los documentos que me había solicitado. No sé cómo sucedió; todo se desarrolló en cuestión de segundos. De pronto, se llevó ambas manos al bajo vientre y se dobló hacia mí a la vez que exhalaba un fuerte lamento de dolor.
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Antonio Macias Luna  
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AGONÍA


I



El sol apenas comenzaba a acariciar las cabezas inclinadas de los edificios colindantes cuando un objeto duro se introdujo en mi boca para obligarme a ingerir la comida. Mis dientes lo apretaron con furia, con rabia canina, en respuesta a la inesperada agresión, pues quería escupir aquella lanza de punta roma que había alcanzado la pared de mi garganta.
Recibí en la lengua un fuerte chorro de alimento licuado que me atoró. Jadeé. No pude aguantar las náuseas. Una voz conocida gritó de forma apremiante un monosílabo, tras el cual el aire quedó tranquilo, y el silencio se adueñó del entorno; una cadenciosa brisa aleteaba mi pelo mientras permanecía tendido en un lecho inusual.
Yo, hasta ese momento, había estado soñando que me hallaba debajo de la higuera, el surtidor que salta en el centro del patio de la casa repartiendo hojas rasposas por doquier; un paraguas abierto cuya cúpula verde cuelga del cielo, una delicia de palmera en mi infeliz oasis. Descansando bajo el grácil vegetal, en otro tiempo, su benevolencia me había obsequiado con momentos de exquisiteces tales como regodearme en olores dulzones fundidos con el efluvio de rosas cercanas. El árbol me había brindado también el privilegio de abrazar sombras parduscas sobre la tierra, que tanta frescura ofrecían en las tardes abochornantes del verano. Por último, reparé en el sangriento rubor de las buganvillas en la tapia.
Mi garganta estaba gastada por los esfuerzos tremendos que hacía para aceptar, a través de su angosto pasillo, no sólo cualquier clase de bolo sino también el agua y la leche.
Este mal me acosaba desde que nací y me había ido deteriorando en el transcurso del tiempo. Para mantenerme, debía seguir instrucciones impuestas por el mundo que me rodeaba; unos mensajes con órdenes ininteligibles de obligado cumplimiento.
Algo forrado con una bata de color blanco y un grueso maletín se situó a mi vera y colocó un pequeño objeto redondo encima de mis costillas. Lo dejó inmóvil por unos instantes, luego lo desplazó a otro punto del tórax y así sucesivamente hasta que, al parecer, se cansó de su juego monótono, que me había causado unas bienvenidas cosquillas contra el dolor y el malestar.
En la semiinconsciencia oí sonidos guturales, los mismos que se habían repetido otras veces. Sin poder entender el motivo, en cuanto se reanudó el silencio, noté de nuevo la presencia del ariete intruso en la boca después de atravesar la muralla de mi dentadura. Un nuevo y potente chorro me rasgó por dentro intentando llegar hasta la bolsa vacía de mi estómago; sólo consiguió que yo vomitase lo que había irrumpido en mi interior como un obús.


II


Ya había pasado el medio día, y el sol aplastaba los tejados. El murmullo de las hojas de la higuera, con notas musicales y armoniosas, me engullían paulatinamente, me abstraían del exterior y de mi propia realidad hasta tal punto que me sentí desfallecer. Percibí muy íntimos, en los pulmones, el olor y el sabor persistentes de tierra humedecida, el desabrido feto del vómito.
Aunque mis sentidos se estaban volviendo obtusos y torpes, me llegó, en la cercanía olfativa, el conocido lenguaje de un perfume que emitía un cuerpo rosado de erguido porte, con dos patas oscuras; una crin larga, colgándole por detrás, rozaba las ramas del árbol. Se agachó para tocarme y se alejó como si tratase de reiniciar una diversión que en otra época tanto me había gustado; sin embargo, en las actuales circunstancias no pude responder a las caricias. ¿Qué estaba sucediendo?
Lagrimearon, sin pestañear, las cuentas desvaídas de mis ojos, que veían siluetas difusas; quizás el día se estaba nublando, o el azul de mi cielo se había agrisado, pero allí seguían las familiares patas elevándose sobre dos fundas negras, como clavadas en el terreno.
Desde lo más remoto del universo mis orejas lacias rescataron un grito desesperado, el monosílabo hiriente y querido que solía escuchar. Entonces comprendí al fin que aquel aviso de mando, aquella orden camuflada ahora en un quejido, en un sollozo, era mi propio nombre: “¡REX!”.
En mi hocico, hurgado por multitud de hojillas de pasto secas, quedó la familiar fragancia cuyo origen no había olvidado a pesar de la enfermedad. Las cerdas de mi pelaje pardo eran como bolas de algodón sucio, amarillento. Aumentó la agitación de mi resuello mientras yo continuaba estirado a todo lo largo, con los miembros fláccidos y fríos.
A través de lágrimas estancadas, constaté cómo perdía color la buganvilla. De pronto, se me abrió la boca para mostrar dos filos de sierra, de los que surgió una lengua cianótica. Crujió la unión de mis quijadas y exhalé el último aliento.

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Antonio Macias

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