Mónaco, principado para soñar
Por Jorge Queirolo Bravo, escritor, historiador, viajero y periodista
Resulta interesante visitar este principado que parece de juguete, el que con una superficie de apenas 195 hectáreas de las que un buen porcentaje han sido ganadas al mar, es el segundo estado soberano más pequeño del mundo después de la Ciudad del Vaticano. Esto no es lo único que este país tiene para contar, pues su historia arrastra un bagaje muy interesante y que no va en proporción a sus dimensiones. Su ingreso per cápita tampoco guarda relación con su tamaño y constituye uno de los más elevados que existen en la tierra. ¿Qué es lo que vuelve tan próspero a este diminuto territorio en el no existen recursos naturales ni tierras cultivables y cuya población es exclusivamente urbana? Es una suma de factores que determinan una entrada económica altísima para un número reducido de habitantes. En primer lugar están los ingresos por concepto de turismo. Esto se ve incrementado con lo que aporta el casino, símbolo indiscutido de Mónaco. Este país, miembro de la Organización de Naciones Unidas desde 1993, también es conocido por el glamour que imprime la familia Grimaldi, la que gobierna el principado y constantemente encabeza portadas de diarios y revistas, llenando un espacio considerable de la llamada prensa “amarilla”, dedicada a informar sobre las vidas privadas de los famosos. Las andanzas de sus princesas atrapan el interés de los curiosos y de los medios de comunicación, especialmente europeos, los que no son inmunes a esta tendencia. Por ello pagan verdaderas fortunas a los paparazzi, verdaderos profesionales en violar la intimidad ajena, que logran alguna instantánea exclusiva que puede contribuir a aumentar el tiraje del medio que la compra. Pero Mónaco no es solamente un centro del chisme social de alto nivel y dentro de sus límites podemos encontrar una gama de actividades como para entretenernos por varios días. Sus emisiones de sellos postales son legendarias y deleitan a los aficionados a la filatelia. También existe una pujante industria cuya principal característica es que no llama la atención de los visitantes, porque su infraestructura es discreta, muy ecológica y ha sido disimulada con éxito en la zona de Fontvielle. Se produce cerveza, chocolates, químicos, cosméticos, fármacos, plásticos, equipos eléctricos y electrónicos impresos, vestuario, etc. Lo meritorio es que se lo hace un espacio físico muy limitado y sin causar contaminación ambiental. Por si eso fuera poco, existe un número considerable de bancos e instituciones crediticias y las inversiones en bienes raíces son desproporcionadas para un país que tan sólo cuenta con 30,000 habitantes. Lo más probable es que estos datos no sean demasiado interesantes para un turista común y corriente que tiene la fortuna de llegar por acá. Este seguramente va a querer saber cuáles son las entretenciones a las que puede optar y que no impliquen gastarse todo el presupuesto de las vacaciones en una visita al casino. Para ellos existe una amplia gama de pasatiempos que no permitirán aburrimiento alguno: van desde ir a las playas estilo mediterráneo con sus aguas tibias y quietas, una visita al museo Oceanográfico que es de primera, los conciertos de la orquesta filarmónica de Mónaco, la ópera de Montecarlo, el festival internacional de circo y hasta una carrera de fórmula 1 que se corre por las calles. Los dos últimos eventos se celebran anualmente. Mónaco es un lugar extremadamente seguro, vigilado por cámaras de televisión, con abundante vigilancia policial y en el que la delincuencia es un mal virtualmente desconocido. La única advertencia que cabe formular es que todo resulta demasiado oneroso para lo que uno está habitualmente acostumbrado a gastar. Por ello es mejor alojar en el lado francés, preferentemente en Niza, cuyo aeropuerto internacional está a 22 kilómetros de distancia y sirve de puerto de entrada para los que llegan. También se puede arribar por ferrocarril, tanto desde Francia como de Italia. Buen viaje.