La
reunión
Vosotros sois mis amigos, si
hiciereis las cosas que yo os mando.
Juan 15:14
La caravana marcha
en silencio por el camino reseco y polvoriento; las sandalias hollan la tierra
y los pies van sucios y heridos; las ropas están cenicientas y los cuerpos
sudorosos; los labios, partidos, decolorados por el sol y la sed.
Las colinas, ásperas
y pedregosas, concentran el calor como crisoles, haciendo que el paisaje
parezca desquitarse con los caminantes; los dispersos olivos y uno que otro
matojo de hierbas enclenques, no alcanzan para cobijarse del sol abrasador.
Algunos buenos
samaritanos han traído un poco de agua y pan para alimentar a la muchedumbre
famélica, pero el que va al frente de la multitud, marcando el paso, apenas
interrumpe la marcha: camina como si tuviera que salvar al mundo.
No hay descanso para
la columna hambrienta; ni siquiera las tropas invasoras, que patrullan los
caminos, han sido un estorbo para su marcha.
Son tiempos
difíciles. Algunos, incapaces de soportar el hambre y la dureza del camino,
abandonan al grupo y se quedan a un costado del sendero; otros pocos, los de
siempre, lo siguen sin miedo, pacientes y en silencio.
En el pueblo, las
dos mujeres ya saben que el grupo llegará hoy: hace varios días que están
enviando centinelas a los cerros para que les avisen cuando la vean venir.
Están alegres porque viene el amigo de su hermano, pero al mismo tiempo se
preguntan como van a decirle que lo esperó mientras pudo y al final, hace
cuatro días, se fue.
Una de ellas,
siempre activa, no quiere pensar en eso y se afana en los preparativos: el pan
está en el horno, la comida caliente, la mesa puesta y los criados listos;
seguramente vendrán con hambre. La otra, soñadora, mira hacia los cerros y solo
lo espera anhelante.
Cae la tarde y han llegado
al pueblo. Las dos mujeres corren a abrazar al amigo de su hermano; la activa
Marta lo reprende por la demora en atender a su llamado, mientras María se deja
caer a sus pies.
Las dos lloran de
alegría por tenerlo en casa y al mismo tiempo lloran de tristeza porque su
hermano no alcanzó a despedirse: hasta el último minuto solo repitió su nombre.
El maestro,
conmovido, dirige una plegaria al cielo mientras llora en silencio de pie ante
la tumba del amigo que amaba. Al final levanta la cabeza y, enjugándose las
lágrimas, grita: ¡Lázaro, yo te mando, sal fuera!.
Y Lázaro se levanta,
y
después de cuatro días de muerto,
puede
abrazar a Jesús.