El viejo
En el viejo bar del puerto,
con ojos pequeños y sentado en el mesón,
el pelo de plata, el abrigo raído,
el cuerpo flaco, el alma de un muerto
y la huesuda mano tomada del tazón,
el hombre, su pipa, fumaba distraído.
Copiosamente, afuera llovía,
el viento soplaba huracanado
y el frío arañaba las ventanas.
El pobre viejo se moría;
una lágrima, su ojo, había abandonado;
y en un remolino, jugueteaban sus canas.
El vino ahogaba sus penas,
y la pipa nublaba los recuerdos;
los ojos fijos, el rostro señero.
El mar corría por sus venas
y en temporales navegaban los recuerdos.
Solitario se moría, un viejo marinero.
©Hugo Valenzuela Rosenzuaig